viernes, 25 de noviembre de 2011

De la gente que entra en gente

Y no es verdad que uno camina con los ojos abiertos,
pues nadie puede guardar el aullido de una estrella
sin incendiarse las manos.
Ningún navegante del espacio puede alcanzar
la ternura del rocío matinal en otro paisaje extranjero,
aún no.
Pero si un bostezo pudo hacer caminar a los peces
y darle voz a sus gargantas,
dime dónde esconden la belleza los acuarios,
las redadas que hacen sonreír a todos aquellos
que tienen el estomago aburrido.
Parece que hubo un tiempo en el que los simios
entraban en otros simios,
aprendieron a contar los cinco dedos de sus manos
fabricaron armas para colorear cada trozo de tierra
y ahora,
configuran el mundo desde su casa, sobre una silla.
Mientras otros piensan en la falta de ese bostezo,
en el instante en que se desinflan la carnes y las palabras
y sólo quedan huesos, escombros de letras.
Hoy te recuerdo sin poder evitar que lluevan otra vez
dracónidas en mi pecho y desaten las tormentas
de tu ausencia, de tu nombre que ahora es en pretérito.
Y me duele, me deshace y me vuelve a rehacer empapada
sobre un jardín de cemento e infinitas flores muertas,
pues alguien decapitó a las abejas que inventaron
nuestro mundo.
Y aunque hoy tenga la suerte de seguir caminando
con los ojos cerrados y con las manos quemadas,
hubo un tiempo en el que tu aroma entró en mi pecho,
fuimos esa gente que entra en otra gente y por ello
hoy, sigo bostezando. 

sábado, 5 de noviembre de 2011

De un astro y el viajero.

Sabes, 
hay alguien que navega sobre el cielo diseccionado 
abrigado por un suspiro artificial que le acerca 
un poquito más a la comisura de las sospechas; 
desde allí dicen que puede delatar a un astro. 
Mientras, no dejo de apretarme los dientes, 
no es fácil escapar de las costumbres de los idiotas, 
o no tan idiotas. 
Y pienso en esto, en aquello, en si algún día las auroras 
me harán hablar como aquel trashumante doblado 
o en si veré de nuevo la humildad de los lirios 
en uno de esos momentos simétricamente terribles. 
Pienso en mi casa, y en la casa que hay en mi casa, 
en la gente que la habita y en la gente que entra en gente 
que desgarra nombres, los remienda en su piel desinflada 
y muerde, sigue mordiendo, 
bostezando el rumor de las cosas mas bellas de este lugar 
que un astro contempla.

martes, 1 de noviembre de 2011

De la infinidad de este universo

Ahora todo parece más tranquilo
y aún así, en reflejo soy viajera del espacio.
Allí parece que la quietud coagula las nostalgias
y la falta de tiempo ya no estrangula a la misma muerte.
Quizá lo justifique el pajarillo que llevo dentro
o el trashumante doblado,
¡qué más da!
El caso es que no llegaremos a la infinidad de este universo,
el de aroma vivo,
jamás nos moveremos de esta casa, y tu lo sabes.
Pero no importa,
yo prefiero que todo siga igual de tranquilo,
no cansarme nunca de los reflejos ni los relojes
e imaginar cada mañana infinitos universos contigo
cuando huela tu esencia en cada parte de mi cuerpo,
cuando mordamos cada domingo
como último bocado de nuestra corta y absurda vida.

De la poesía preexistente

El caso es que siempre huele
y tu ya lo sabías.
No hace falta que hoy se ponga a llover
para que se empape cada rincón de la ciudad
y tener de nuevo tu aroma.
No hace falta que vuelva a amanecer cada mañana,
o que alguien se convierta en polvo y cenizas.
No hace falta que un amor se rompa en mil pedazos
o que se borre la infinidad de este universo
que hemos dibujado.
Siempre habrá poesía porque siempre la ha habido,
como perversión en el olfato.

jueves, 27 de octubre de 2011

Del tejido de la mañana

Y te digo que a veces me levanto frágil,
preguntándome que narices hago respirando
cuando es un soplo el que destroza mi corta vida
-y el que la inventa.-
Sabes, esta espesura, esta complejidad
es nuestro tejido de la mañana,
es la poesía preexistente.

jueves, 20 de octubre de 2011

Del perfume robado.

Y tú,
que sabes muy bien cómo encantar el silencio,
que privatizas los domingos.
Tú que también eres maestro de la sospecha,
que palpas el tejido de las mañanas
y lloras a escondidas.
Tú que sabes que cada tarde me deshago
y que al llegar a casa soy retórica victimista
insoportable.
Tú, me has robado el perfume.

miércoles, 19 de octubre de 2011

En lengua muerta.

Como pretendiendo alejarte aún mas del mundo,
tú, hundiste los ojos,
y con todo por decir, se nos volvieron los labios amarillos.

¿Recuerdas algo de aquello?

Yo no,
yo no puedo desertar de la inconsciencia
que en aquellos días me hizo pensar en lengua muerta.
Retrocedí al epicentro de este universo geométricamente estúpido
y entendí que cuando todo va mal
nadie quiere detener a los ladrones de perfumes.